El adiós en una estrella de cristal

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 El adiós en una estrella de cristal

Era una hermosa noche de septiembre, la luna brillaba en todo su esplendor, de tal manera que opacaba los millares de estrellas.

Bajo aquel arte que parecía alcanzarse  con llegar a la cumbre de una montaña, se encontraba Lusmila, sentada en el granero de la granja de sus padres, esperando, al igual que todas las noches, la llegada de Edgardo; un joven apuesto, de piel clara, con una mirada perdida que había robado el corazón de aquella inocente chica.

La mañana de aquel día, Lusmila estaba  ansiosa e impaciente porque llegase el momento de poder ver a Edgardo. En el transcurso de la tarde llegó a su mente la idea de cómo sería su vida sí él le faltara algún día, aquello la agobio más y decidió continuar sus labores.

Llegada la noche la joven salió al granero y observó el cielo; estaba  inquieto; esa noche no era como las anteriores. ,tenía la sensación que el cielo le quería hablar , mientras miraba angustiada el sendero esperando deslumbrar en la oscuridad la silueta del joven.

Pasaban las horas  y Lusmila se empezaba a preocupar. Para matar el tiempo miró al cielo.

Cuando quiso cerrar los ojos, tras una ráfaga de viento la luna desapareció  y las estrellas se empezaron a mover, intentó moverse  o despertar de un posible sueño, mas no pudo.

Una estrella reluciente dio un giro frenético y descendió hasta sus manos, era como una mota de algodón con olor a primavera.

La estrellas más pequeñas  se alinearon en el cielo  intentando formar algo, de pronto apareció una figura, no entendió qué era aquello, la estrella que aún permanecía en sus manos  rozó su mejilla  y con un gesto ligero movió su rostro al cielo, ante sus ojos estaba escrita la palabra “adiós”.

Lusmila no entendía lo que sucedía, la angustia se apodero de ella, cerro sus ojos para ver mejor, cuando los abrió  las estrellas rodeaban la luna  y sintió una mirada sobre ella, apretó  entre sus manos la estrella, que al momento se convirtió en un hermoso cristal.

 

La luna y sus estrellas  se fueron; llegó el alba, luego la mañana con todas sus energías, cayó la noche  y Edgardo tampoco llegó  ni esa, ni ninguna otra noche, entonces Lusmila  comprendió aquel adiós que Edgardo le dejó con una estrella  de cristal.

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