Día de torta

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Día de torta

A las seis de la mañana, antes de irse a clases, Ernesto se sentó en una mecedora que estaba al lado de la puerta de su casa, desde ahí se podía ver la Laguna Azul, aquella vista era tan refrescante que era inevitable perderse contemplando el movimiento sereno del agua, el vuelo de las aves rosando con la punta de sus ala las  refrescantes aguas.

Ernesto era un niño de ocho años, muy simpático, tierno y amable; le fascinaba vestir con pantalones cortos camisas de botones y sus apreciadas zapatillas cafés. Él vivía con sus padres, era el cuarto de siete hijos, dos mujeres y cinco varones, pero él se destacaba entre sus hermanos por  sus detalles hacia su madre.

Mientras el pequeño se mecía con gran ahínco sintió  el aroma más suculento, esa mescla de olores que se confundían en su mente

–¿Será torta de vainilla?  — Se preguntó emocionado Ernesto. Cerró los ojos e inhaló hasta el alma aquel aroma.

-¡-Sí, sí,sí,sí! ¡Es torta!  —  Gritó emocionado dando un brinco de la silla y llamando a sus hermanos que estaba dispersos por toda la casa.

–¡Hermanos, hoy es día te torta!   —  Gritó el pequeño a todo pulmón.

El silencio y la serenidad del hogar se esfumó en aquel instante, los niños empezaron a correr hacia la cocina; mientras más cerca estaban más sentían el aroma, que a la vez les daba la sensación de un abrazo en el alma.

A la vez don Fabio, que era el padre de aquellos simpáticos niños, estaba  sentado en el patio leyendo el periódico como todos los días y fumando su puro favorito, Flor de las Antillas, el aroma amargo del puro se mescló con el de la torta que aún estaba en el horno, pero que ya anunciaba su suculencia; aquella mescla se convirtió en el efluvio preferido de don Fabio, pues combinaba el aroma que fascinaba a sus hijos y  aroma que  adoraba él.

— Yo quiero la porción más grande  — Gritaba Ulises, el hermano mayor

–No, la más grande será mía  – Dijo rotundamente pero con dulzura,  Lucia

E inició la discusión entre los hermanos

— ¡será mía, yo la tendré! — Se decían unos a otros en un griterío que parecía fiesta de cumpleaños.

En medio de la algarabía de los niños, salió de la cocina  Clarisa, la madre de los siete infantes,

–No será de nadie — Dijo cruzando los brazos como para mostrar autoridad.

–¿Por qué No es justo!  — Gritaban los niños.

Ella alzo las manos delicadamente, al instante cesó la algarabía.

–No será de nadie, aun le fallan diez minutos para salir del horno, vallan  a terminar de hacer las mochilas – Les explicó, mientras sonreía delicadamente.

–No se preocupen, que la porción más grande será la mía. – Exclamó don Fabio que llegó apurado a la cocina para reclamar su parte, también.

Todos los niños rieron junto con su madre; unos se fueron al patio en compañía de su padre, otros a la sala y Ernesto sigilosamente caminó al jardín. Mientras caminaba, su hermana Margarita lo miró..

–¿Qué vas a hacer? – Le preguntó

–Voy al jardín a buscar la flor más grande para mamá y así ella me dará la porción más grande de la torta.

Él hizo un gesto con su brazo para que Margarita lo siguiera, corrieron hasta el hermoso jardín, las flores estaban  plantadas y divididas según los colores: las rojas a la derecha  junto a los claveles y las Silene, sestas aunque pequeñas no dejaban de ser magníficas, a la izquierda estaban las Azucenas con su hermoso color blanco decorado con líneas rosada y por último las petunias con sus colores rosado rojo y anaranjado

Cuando los hermanos caminaban entre las flores, los gorriones salían volando y las abejas interrumpían su extracción de polen para dar lugar a los niños a observar y escoger la flor más grande.

Entre tantas flores Margarita encontró una.

–¡La encontré, la encontré, es la más grande de todas! – Le gritó a su hermano

La flor era tan grande que unió las palmas de sus manos y abriéndolas cuanto pudo le mostro la flor roja con sus pétalos muy abierto y sus colores vivos.

Ya estaba de regreso a la cocina, para llegar antes que todos, pero estaban cansados de correr y se arrecostaron a un muro para tomar aire

.–¿Qué tengo en la espalda? Algo me camina. – Preguntó la niña con la vos temblorosa del miedo.

El hermano miró su espalda y vio un sapo, con sus ojos bien abiertos,

–Un sapo, un sapo, tienes un sapo – Exclamó el pequeño

La niña empezó a gritar, brincaba intentando quitarse el sapo de la espalda, su hermano le quito la flor con temor que la dañara. Le causo tanta risa ver a su hermana saltando, retorciéndose para quitarse al sapo que le fue imposible ayudarla.

Los gritos de la niña eran tan fuertes que su padre que estaba en el patio los escuchó se puso de pie para distinguir la vos, al reconocerla salió hacia   el jardín dirigiendo la carrera de sus otros hijos, quienes se preguntaba qué le habría pasado a la pequeña.

La madre, que escuchó las carreras, salió tras ellos.

– ¿Qué te pasa tranquila?  ¿Qué te pasa? – Le preguntaron los padres al llegar son ella

–¡Atrás, atrás sa, sa ,sa, sapo! – Gritaba ella

Al instante su padre la giró y le quitó el sapo de la espalda, mientras todos los hermanos no  podían contener sus risas.

–¿Qué estaba haciendo ahí?  – Preguntó extrañada la madre.

–Es mi culpa, yo vine a buscarte  la rosa más grande con el aroma más dulce para que tú me dieras la porción más grande de la torta – Dijo temeroso y triste, Ernesto

Clarisa vio la rosa que sostenía en sus manos, era muy grande, la llevó delicadamente hasta su nariz y sintió el aroma, más dulce y a la vez fresco que jama había sentido.

–Vamos, la torta está lista, de prisa que se hace tarde para ir a clases. — Exclamó la madre.

Ya en la mesa todos, se dispusieron a saborear la torta que con tanto amor la madrea había preparado aquella mañana, en cada plato había un triángulo de torta de vainilla, con su textura tan perfecta, aquel color doradito y brillante, junto a cada platito se encontraban pequeñas tasas blancas de porcelana con café caliente, que le daban el toque perfecto a la torta.

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